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Traducción de Héctor Repetto “Izvestia”

La observadora de “Izvestia”, Natalia Portiakova, sobre cuál es el secreto de la longevidad política del primer ministro japonés Shinzo Abe y qué promete a sus vecinos su reelección

Diario “Izvestia”. Moscú, 21.09.2018

El gobernante Partido Liberal Democrático (PLD) de Japón eligió a su nuevo líder el 20 de septiembre. O mejor dicho, reeligió en este cargo ya por tercera vez consecutiva al actual primer ministro, Shinzo Abe. Dudas en la votación partidaria no hubo desde un principio: el único rival dentro del partido fue el ex ministro de Defensa Shigeru Ishiba, pero la preferencia del premier sobre él en vísperas de la votación en el partido fue del orden de un 40%.

La reelección de Abe en el puesto del partido automáticamente le permite permanecer en el sillón de primer ministro hasta el año 2021. Y ya en 2019 romper el récord de la rara longevidad política japonesa: más tiempo que Abe como primer ministro sólo estuvo Taro Katsura, que encabezó el gabinete de ministros ya a comienzos del siglo XX y que con interrupciones gobernó más de siete años.

En su primera “escala” al Olimpo político en 2006, Shinzo Abe fue capaz de permanecer como primer ministro exactamente un año – ya en 2007 renunció con un fondo de escándalos de corrupción de alto nivel en el gobierno.

Y el segundo intento de llegar a la gran política fue exitoso: en 2012 Abe encabezaba el PLD, y luego -tras la victoria del partido en las elecciones parlamentarias- también el gobierno de Japón. El hecho de que lo lidere hasta el día de hoy le dio a Abe la reputación de primer ministro insumergible. Lo que también fue confirmado por la historia de corrupción de alto perfil que comenzó la primavera pasada, que supuestamente involucró al jefe del gobierno, su esposa y el entorno más cercano. En algún momento, su prosperidad política parecía haberle restado importancia; pero el primer ministro, sin embargo, “emergió” de una historia escandalosa sin pérdidas de calificación especiales.

En muchos sentidos la longevidad política de Abe se explica por su flexibilidad. En vísperas de las elecciones legislativas anticipadas del año pasado, que tuvieron lugar bajo los cañones de las experiencias misil-nucleares de Corea del Norte, Shinzo Abe fue presentado ante los electores como un político duro, capaz de garantizar la seguridad del país. En el contexto del calentamiento intercoreano, el ayer implacable enemigo de Corea del Norte, Abe, repentinamente comenzó a dirigirse activamente a un encuentro con Kim Jong In, con el fin de romper el punto muerto, o al menos para demostrar el máximo esfuerzo para resolver el problema de importancia nacional – el destino de los ciudadanos japoneses secuestrados por la inteligencia de Corea del Norte.

La flexibilidad también fue plenamente demostrada por el líder japonés en el célebre “caso de los Skripal”. Siendo aliado de EE.UU., Tokio oficialmente condenó el uso de armas químicas. Pero, para no ir contra la línea de reconciliación con Rusia, expulsar a diplomáticos rusos, como querían en Washington, no estaba, argumentando esto con una falta de pruebas convincentes.

Capacidad similar para adaptarse al momento actual también demostró Shinzo Abe en la escena doméstica. En el pasado el LDP tradicionalmente se apoyaba en los electores de la vieja generación, pero Abe decidió ampliar el apoyo del partido a expensas de la juventud. Y propuso varias medidas dirigidas precisamente a las personas jóvenes y de mediana edad, como el apoyo estatal para pagar la educación en colegios para niños de familias de bajos ingresos, la introducción de educación preescolar gratuita y la creación de nuevas guarderías infantiles. La atención a esta categoría dio sus frutos: según antecedentes de la encuesta del diario Nikkei, el mayor apoyo para Shinzo Abe se encuentra entre los veinteañeros (su reiting es del 63% para los jóvenes).

Sin embargo, en el último mandato del primer ministro, mucho más importante para Abe Shinzo no será tanto la presentación de nuevas iniciativas, como el cumplimiento de las anteriores. En política exterior, lo primero en este camino debería ser, según la lógica del propio Abe, “la regulación de las cuentas de la diplomacia japonesa de posguerra”. Se trata, ante todo, de establecer relaciones con China y Corea, largas décadas eclipsadas por la carga de la dominación colonial japonesa y los crímenes de guerra, así como el movimiento hacia un tratado de paz con Rusia.

Esto último sigue siendo una tarea difícil de resolver. Como lo demostró la reunión de los líderes de Rusia y Japón en Vladivostok, ninguna de las partes está dispuesta a desistir de sus posiciones tradicionales. Pero, convirtiéndose, en esencia, en rehén de sus propias promesas de sacar el problema territorial con Moscú de un punto muerto, Abe continuará al menos evitando la retórica negativa en la dirección rusa.

Todavía quedan muchas dificultades en el camino de normalización con China. Sin embargo, hace aproximadamente un año, Abe anunció una política de mejora de las relaciones con Pekín, e incluso se preparó para celebrar el 40° aniversario de las relaciones diplomáticas entre los dos países con un viaje a China en octubre de este año. Pero, en mucho las palabras difieren de los hechos: el último año Tokio intensificó la cooperación militar y política en la línea QUAD (alianza informal de Estados Unidos, Australia, Japón e India); ha intensificado los lazos con los países del sudeste asiático, desafiando las demandas chinas en el Mar del Sur de China. Y, literalmente la semana pasada, Japón realizó los primeros ejercicios con la participación de su submarino en la UKM, cuya área acuática Beijing considera su patrimonio.

Los vecinos de Japón están extremadamente preocupados con este otro comienzo más del primer ministro, que seguramente podrá completar en su último mandato. No es el primer año que Shinzo Abe aboga por introducir enmiendas a la constitución pacifista del país, que fue impuesta a Japón por los norteamericanos después de la capitulación en la Segunda Guerra Mundial. Abe pone el énfasis en el hecho de que las enmiendas finalmente legalizan de hecho las fuerzas de autodefensa existentes (oficialmente la Constitución prohíbe al país tener fuerzas armadas). Pero en el contexto de la desconfianza histórica hacia los japoneses en Asia y el crecimiento de los presupuestos de defensa de Japón, los países de la región leen en esto el inequívoco deseo de la Tierra del Sol Naciente de revivir el antiguo militarismo.

Por un lado, la reelección de Shinzo Abe garantizará la previsibilidad de la política de Tokio en los próximos tres años. Por otro – para los vecinos de Japón, sin contar a Rusia, esta previsibilidad tiene una connotación negativa.


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