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UN MUNDO DESAJUSTADO

Sergio Fernández Aguayo

Enero 2016

 

La caída del muro de Berlín originó un viento de esperanza sobre el mundo. El fin de la confrontación entre Occidente y la Unión Soviética había levantado la amenaza del cataclismo nuclear que estaba suspendida obre la humanidad por más de 40 años; se creía que la democracia se expandería poco a poco y las circulaciones de personas y mercaderías, de imágenes y de ideas, se desarrollarían sin trabas.

 A este respecto el caso de la Unión Europea fue un ejemplo emblemático.  Para Europa la desintegración de la URSS fue un triunfo. Sin embargo, en el momento mismo de ese triunfo, muchos pueblos avanzaron hacia ella, fascinados, como si fuera el paraíso sobre la tierra. Europa estaba perdiendo su identidad, y no sabía si debía constituirse en una federación comparable a los EE.UU. ¿Deberían contentarse con una asociación débil entre naciones celosas de sus soberanías, o participar en un plan global, como una fuerza de apoyo?

El mundo árabe-musulmán se mantenía todavía en un pozo histórico desde el cual le era imposible remontar. Padecían de rencor contra la tierra entera – occidentales, chinos, rusos, induhistas, judíos – y entre todos contra ellos mismos. En cuanto a los EE.UU., después de haber derribado a su principal adversario global, se encontraron embarcados en una empresa titánica que los agotaba y confundía: domesticar solos o casi solos, un planeta indomable.

Es una realidad que una derrota puede convertirse al final en un hecho providencial; igualmente, un éxito puede transformarse en una calamidad. En los hechos, parece ser que el triunfo del capitalismo los precipitó en la peor crisis de su historia. Se puede pensar también que una derrota política y moral de un marxismo resueltamente ateo, puede rebajarse a honrar las creencias y solidaridades que precisamente quería extirpar.

Desde la caída del muro de Berlín, en un mundo donde las pertenencias se han exacerbado, especialmente las relacionadas con la religión, la coexistencia entre las diferentes comunidades humanas, se hacen cada día un poco más difícil.

En el ambiente cultural árabe-musulmán, y en los medios más radicalmente religiosos, que durante mucho tiempo habían sido minoritarios y perseguidos, surge un predominio intelectual masivo proclive a adoptar una actitud violentamente antioccidental. Tanto así que, durante la confrontación de los dos bloques, el movimiento islamista se muestra, en su conjunto, más netamente hostil al comunismo que al capitalismo. No había sido así en etapas anteriores.

Después de generaciones, las élites modernistas del mundo árabe-musulmán buscan en vano la cuadratura del círculo, a saber: cómo europeizarse sin someterse a la hegemonía de las potencias europeas que dominan sus países. La idea que Occidente deberá confrontarse con un puñado de terroristas que usan abusivamente el nombre del Islam, no corresponde a la realidad. En verdad estamos frente a dos interpretaciones de la historia, cristalizadas en torno a diferentes percepciones del “adversario”.

Para algunos el Islam se mostrará incapaz de adoptar los valores universales promovidos por Occidente. Para otros, Occidente es sobre todo portador de una voluntad de dominación universal, al cual los musulmanes se esforzarán en resistir con los medios limitados que aún disponen.

Lo que se debería reprochar actualmente al mundo islámico es la indigencia de su conciencia moral. Lo que se debe reprochar al Occidente es su propensión a transformar su conciencia moral en instrumento de dominación.  Lo que resulta de esto es que Occidente no cesa de perder su credibilidad moral, y que sus detractores tienen cada vez menos.

Una de las situaciones más inquietante es la tentación cada vez mayor para las potencias occidentales, sobre todo Washington, de preservar por la superioridad militar lo que es más posible de preservar por la superioridad económica y la autoridad moral.

Sucede que las consecuencias más paradojales y más perversas del fin de la Guerra Fría han sido lo contrario de lo que se esperaba, vale decir paz y reconciliación; en los hechos ha habido solo una sucesión de conflictos; los EE.UU. han pasado sin transición de una guerra a la siguiente, como si se tratara de un “método de gobierno”, más que un último recurso.

La situación de los EE.UU. en el mundo parece estar afectada por el hecho que su peso en la economía mundial declina paulatinamente, no cesa de endeudarse y vive manifiestamente por sobre sus medios, sin perjuicio que dispone de una supremacía militar incontestable.

Debe reconocerse que la civilización occidental ha sido, más que cualquier otra, creadora de valores universales, pero no se ha mostrado capaz de trasmitirlos convenientemente.  Desde las primeras semanas de una ocupación militar, las autoridades americanas acostumbran establecer un sistema de representación política basado en la pertenencia religiosa o étnica.  Se dice que los niños saben distinguir entre una madre adoptiva y una madrastra. Los pueblos saben diferenciar entre libertadores y ocupantes.

Debe reconocerse que la falla secular de las potencias occidentales parece haber sido no haber querido imponer sus valores al resto del mundo, pero muy a la inversa se diría que constantemente han renunciado a respetar sus propios valores en sus relaciones con los pueblos dominados. Uno de esos valores fundamentales ha sido la universalidad, es decir que la humanidad es una, diversa, pero una.

A título ejemplar, la necesidad de disminuir significativamente las emisiones de carbono en la atmosfera, exigiría que los países más ricos y más poderosos del Norte acepten de modificar profundamente sus hábitos de consumo; pero también que las grandes naciones del Sur, acepten frenar su crecimiento.

Para poder aplicar medidas tan apremiantes, se requiere sacrificios de algunos y una solidaridad planetaria que no se percibe fácil de lograr. Sin duda la evolución material no puede ser frenada, dada la evolución tecnológica; es más bien la evolución moral la que debiera acelerarse considerablemente.

 Para reordenar el mundo actual habría que impulsar una verdadera revolución en los comportamientos.  Los problemas actuales no pueden ser resueltos si no se reflexionan globalmente. El sistema económico global es cada vez menos “pilotable”. Las turbulencias económicas que observamos en nuestros días tienen su origen en el desajuste del mundo, que continuará hasta que nuestras estructuras políticas, jurídicas y mentales nos impulsen a reflexionar y actuar en función de nuestra humanidad, que requiere una coexistencia armoniosa para la que fue creada.

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